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viernes, 22 de octubre de 2010

Once Brothers

Sería un error creer que ‘ONCE BROTHERS’, el documental estrenado hace días por la ESPN, sobre Drazen Petrovic y Vlade Divac, es un documental acerca de baloncesto. Y sería un error, aún mayor, el perderse esta pieza imprescindible, en la que el deporte del baloncesto es tan sólo un vehículo que nos transporta por la vida misma, presentándonos los símbolos, banderas y emblemas que nuestra sociedad enarbola para representar unos valores. Es un viaje en el que se nos cuenta, en primera persona, la dificultad que entraña dominar el arte de las relaciones personales. Y como viajeros que, desde sus butacas, fijan la mirada en el paisaje cambiante que van dejando atrás, en poco menos de una hora, asistimos a una sucesión de situaciones que plasman contundentemente las dos caras de una misma vida: la de la amistad y enemistad más pasionales; el éxito y el fracaso; lágrimas de una inmensa alegría pero también de dolor desgarrador; luces, sombras, aciertos, errores y juicios equivocados. 

Es, también, un didáctico manual de psicología de la personalidad, que recoge desde obsesiones perfeccionistas y autoexigencias, hasta comportamientos arrogantes. Una constatación de que incluso aquellas personalidades más impactantes, que poseen un carisma y una capacidad de liderazgo indiscutibles, sufren instantes de duda y de flaqueza, en ocasiones propiciados por la acción de la estupidez humana. Una estupidez que desea siempre encontrar adversarios y empuja hacia los resentimientos forzados, impuestos desde un colectivo que diluye la voluntad propia.

Yo he querido quedarme con una de las frases finales del documental: “Is good to see you again, my friend”, porque todos deberíamos detenemos a reflexionar sobre la profundidad que encierra una afirmación tan sencilla y natural, sin permitir que se convierta en otra de esas manidas frases a las que nos empeñamos en quitar toda su fuerza y sentido.

Deberíamos, efectivamente, meditar acerca de la amistad y de numerosas cualidades inherentes a ella, que nunca pueden pasar desapercibidas, porque son de esas cosas verdaderamente importantes. Yo quiero pensar en esa frase. Quiero hacerlo ahora, sin atropellos, porque tengo la convicción de que si todos escogiésemos hacerlo de este modo, los valores positivos que transmite, situados en lo más alto de la jerarquía, funcionarían como una eficaz vacuna ética contra la temeraria estupidez y sus antivalores oportunistas. E, incluso mucho más importante, si lo hiciéramos así, nunca más llegaríamos demasiado tarde a pronunciarla.